Mujeres que inspiran

La prosperidad completa es con las mujeres

La prosperidad sin mujeres es incompleta: brechas estructurales frenan el desarrollo, limitan ingresos y reducen el potencial económico del país hoy.
Viernes, Abril 3, 2026

Por: Daniela Konietzko, presidente de la Fundación WWB Colombia

Durante años, hemos leído la economía en cifras agregadas, en indicadores que celebran el crecimiento, la productividad o la inversión. Pero hay una pregunta que rara vez entra a las conversaciones de fondo: ¿de qué hablamos realmente cuando hablamos de prosperidad? Y, sobre todo, ¿a quiénes no está llegando?

Cuando la respuesta son las mujeres, lo que tenemos no es desarrollo. Es una versión incompleta de él.

Desde la Fundación WWB Colombia llevamos más de cuatro décadas trabajando en el cierre de brechas de desigualdad y en la participación activa de las mujeres en el país. Nuestro enfoque es integral porque la realidad también lo es. No basta con ampliar el acceso a servicios financieros si no se transforman las condiciones estructurales que limitan a las mujeres: la informalidad, la pobreza, las cargas desproporcionadas de cuidado y las brechas en educación y tecnología. Por eso combinamos intervención directa, investigación aplicada y generación de evidencia, e inversiones sostenibles con un objetivo claro: convertir ese conocimiento en decisiones, en aportes a las políticas públicas y en soluciones concretas.

De ese trabajo cercano surge una convicción: la prosperidad, tal como la estamos entendiendo, está incompleta. En Colombia, millones de mujeres sostienen economías invisibles. Lideran micronegocios, administran hogares, cuidan a otros y generan valor todos los días, pero en condiciones más precarias. Sus ingresos siguen siendo bajos, sus oportunidades más limitadas y su tiempo es el recurso más escaso.

Hoy existen cerca de 1,8 millones de micronegocios liderados por mujeres en el país, pero sus ventas son, en promedio, un 40% menores que las de los hombres. No por falta de capacidad, sino por una carga estructural que sigue sin resolverse: el cuidado, que corresponde a todas las tareas que ellas desarrollan en torno al funcionamiento de sus hogares y al cuidado de las personas.

Cuando una mujer asume jornadas extendidas de trabajo no remunerado, cuando sus ingresos dependen de condiciones inestables o cuando no puede tomar decisiones sobre su futuro, se limita su desarrollo individual y se restringe el potencial de la sociedad. La economía pierde dinamismo, los hogares pierden estabilidad y el desarrollo pierde alcance.

Esta realidad nos obliga a replantear la manera en que entendemos el progreso. Y aquí hay una idea que ilumina esa reflexión: el Ubuntu, una filosofía africana que plantea que “yo soy porque nosotros somos”. El bienestar no es individual ni aislado; es interdependiente.

Aplicado al desarrollo, esto implica algo esencial: no hay crecimiento sostenible cuando una parte significativa de la población enfrenta barreras estructurales para avanzar. Es como un árbol con raíces débiles: puede crecer por un tiempo, pero no se sostiene.

Por eso, hablar de mujeres no es un tema sectorial ni accesorio. Es una conversación central sobre el modelo de desarrollo que queremos construir. Y es, también, una conversación sobre liderazgo.

En los espacios donde se toman decisiones es necesario insistir en que la equidad, más que un imperativo ético, es una decisión inteligente. Incorporar la mirada de las mujeres mejora la calidad de las decisiones, fortalece la gestión del riesgo y hace más sostenibles los resultados.

Ese es el liderazgo que hoy se necesita: uno que no administre una prosperidad a medias, sino que se atreva a completarla. Desde la Fundación WWB Colombia hemos llevado esta convicción a una hoja de ruta concreta. Recientemente consolidamos recomendaciones para avanzar en equidad, inclusión y desarrollo del país, construidas a partir del trabajo directo con mujeres y del análisis de las barreras que enfrentan.

Son cinco frentes que inciden directamente en la calidad del crecimiento: fortalecer la autonomía económica de las mujeres; reconocer, redistribuir y reducir el trabajo de cuidado como una infraestructura económica; avanzar hacia un sistema financiero más inclusivo; velar por la protección y la seguridad de las mujeres; y promover decisiones basadas en datos que reflejen las diferencias de género, etnia y territorio.

Este es el tipo de conversaciones que debemos llevar a los espacios de liderazgo, desde la claridad estratégica. El liderazgo, y en particular el liderazgo comprometido con las mujeres, tiene hoy la oportunidad de redefinir las reglas del juego y de construir organizaciones y países más coherentes con su realidad.

Porque, en última instancia, la pregunta vuelve a ser la misma: ¿qué entendemos por prosperidad? Si no incluye a las mujeres, si no reconoce su trabajo y no potencia su autonomía, será una prosperidad frágil, incompleta y, en el largo plazo, insostenible.

El Ubuntu lo resume con claridad: no hay bienestar individual posible en un entorno colectivo que no lo es. Cerrar estas brechas es una apuesta por un futuro más sólido. Es entender que cuando una mujer avanza, no lo hace sola: impulsa a su familia, fortalece su comunidad y dinamiza la economía.

La invitación es clara: apostemos por una prosperidad que se construya desde la equidad. Porque solo entonces, cuando las mujeres estén plenamente dentro de la ecuación, podremos hablar, sin reservas, de una prosperidad completa.

Tal vez te has perdido