Educar para producir: cuando la escuela olvida para qué existe

Reducir la educación a productividad empobrece su sentido: formar para el mercado no basta cuando se olvida educar para ser convivir y entender mundo.

Luis Enrique Santesteban Llano

En los discursos educativos actuales percibo una consigna que se ha vuelto casi incuestionable: educar es preparar para producir. Cada vez con más frecuencia la escuela parece existir para anticipar el mercado laboral y entrenar competencias “útiles” desde edades tempranas. La escena se vuelve reveladora cuando veo un jardín infantil que anuncia con orgullo que forma emprendedores, como si la infancia fuera apenas un ensayo general para la productividad futura. En ese gesto reconozco una confusión profunda: olvidar que la educación no nació para fabricar trabajadores eficientes, sino para formar personas capaces de comprenderse, convivir y habitar el mundo con sentido.

Esta lógica no aparece solo en la publicidad educativa. En mis clases de filosofía escucho a menudo que todo aprendizaje debe justificarse por su rentabilidad futura. La pregunta ya no es qué sentido tiene conocer, sino para qué sirve. No me inquieta que la educación prepare para el trabajo; me preocupa que se reduzca a eso. Cuando el valor del aprendizaje se mide exclusivamente por su utilidad inmediata, la formación humana se empobrece y el acto educativo pierde profundidad.

Veo una escuela atrapada por una racionalidad productivista que evalúa su éxito en términos de eficiencia, rendimiento y resultados cuantificables. Bajo este paradigma, el juego, el arte, el deporte y la conversación reflexiva quedan relegados como simples “actividades extracurriculares”. Sin embargo, desde la experiencia pedagógica sé que estas prácticas no son adornos del currículo, sino espacios donde se cultivan la sensibilidad, la imaginación y la capacidad de relación, dimensiones esenciales para una vida humana plena.

Conviene decirlo con claridad: no propongo oponer trabajo y ocio como realidades incompatibles. La educación exige rigor, disciplina y responsabilidad académica. El problema surge cuando el éxito educativo se mide con los mismos criterios que el de una empresa privada, como si una escuela pudiera gestionarse con la lógica de una fábrica. Considero que la gestión educativa debe evaluarse por su capacidad de proteger la integridad laboral, psicológica y física de los docentes y de sostener procesos formativos que no reduzcan al estudiante a capital humano en espera.

Platón advertía que la verdadera riqueza no consiste en acumular, sino en vivir conforme a la virtud. Esta idea resulta hoy contracultural en un contexto atravesado por la obsesión emprendedora. Percibo un workaholismo educativo que convierte cada experiencia en un peldaño hacia la productividad futura, desplazando el gozo de aprender por curiosidad y el encuentro genuino con el otro.

Las consecuencias son visibles: estudiantes técnicamente competentes, pero emocionalmente exhaustos; hábiles para cumplir tareas, pero frágiles frente a las preguntas fundamentales de la existencia. Se forma con eficacia para hacer, pero con descuido para ser. En Aristóteles encuentro una clave vigente: el ocio, entendido como contemplación reflexiva, no es evasión ni lujo, sino condición para la excelencia humana.

Esta reflexión se conecta con la crisis demográfica que atraviesan los colegios privados. La caída de matrículas no es solo un problema de mercado educativo, sino un síntoma de una educación que ha extraviado su vocación formativa integral. Cuando el sentido se reduce a la empleabilidad, la escuela pierde su capacidad de convocar, inspirar y formar comunidad.

Si seguimos midiendo la educación únicamente por su capacidad de producir resultados útiles, las consecuencias serán previsibles: sujetos exitosos en lo funcional, pero empobrecidos en lo esencial. Recuperar el ocio como virtud pedagógica no es nostalgia ni romanticismo educativo; es una urgencia ética. De lo contrario, seguiremos llamando progreso a una formación que produce mucho, pero comprende poco y confunde el éxito con la pérdida silenciosa de lo verdaderamente humano.

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