Carta al CEO

Colombia no puede acostumbrarse a crecer al 2%

Colombia necesita crecer entre 6% y 7% para financiar infraestructura, elevar la productividad y cerrar las brechas que frenan su desarrollo social.
Lunes, Julio 27, 2026

Colombia cerró 2025 con un crecimiento económico del 2,6%. El resultado fue mejor que el registrado en 2023 y 2024, pero sigue siendo insuficiente para un país que necesita construir infraestructura, elevar la productividad, generar empleos formales y reducir las enormes diferencias que existen entre sus regiones.

El dato puede parecer positivo cuando se observa de manera aislada. Después de varios años de desaceleración, volver a crecer siempre será una buena noticia. Sin embargo, debemos preguntarnos si estamos creciendo lo suficiente para financiar el país que decimos querer construir.

La respuesta, por ahora, es no.

Durante el primer trimestre de 2026, el PIB colombiano avanzó apenas 2,2% frente al mismo periodo del año anterior. El Banco Mundial proyecta que la economía crecerá alrededor de 2,2% en 2026 y 2,4% en 2027, mientras la OCDE estima una expansión de 2,4% este año y 2,1% el próximo. Son cifras que muestran estabilidad, pero no una transformación económica.

Crecer al 2% o al 3% puede evitar una recesión. Puede sostener parte del empleo existente, mantener el consumo y permitir que algunas empresas sigan avanzando. Pero difícilmente permitirá cerrar en una generación las brechas de infraestructura, educación, conectividad, vivienda, salud y desarrollo regional que todavía arrastra Colombia.

El crecimiento moderado se convirtió en nuestra zona de confort

Nos hemos acostumbrado a celebrar cifras que, en realidad, deberían preocuparnos.

Mientras nuestra economía avance a tasas cercanas al 2% o al 3%, el ingreso por habitante crecerá lentamente, la capacidad fiscal seguirá siendo limitada y la distancia frente a las economías desarrolladas será cada vez más difícil de reducir.

Colombia necesita proponerse crecer de manera sostenida entre 6% y 7% anual durante varios años. No como una cifra electoral ni como una promesa optimista, sino como un objetivo nacional capaz de movilizar inversión, productividad y confianza.

Ese ritmo no garantiza por sí solo que nos convirtamos en un país desarrollado. Un crecimiento acelerado, pero mal distribuido, financiado irresponsablemente o basado exclusivamente en consumo y gasto público también puede terminar en inflación, deuda y desequilibrios. Pero sin un crecimiento significativamente mayor al actual, será prácticamente imposible financiar las transformaciones que necesitamos.

No podremos construir grandes corredores logísticos, modernizar puertos y aeropuertos, recuperar las vías terciarias, garantizar energía suficiente, ampliar la conectividad digital y renovar la infraestructura educativa creciendo permanentemente al 2 %.

Invertir poco significa crecer poco

La OCDE ha advertido que la inversión colombiana todavía no recupera plenamente sus niveles anteriores a la pandemia. Después de caer por debajo del 17% del PIB, su recuperación ha sido parcial y continúa lejos de la tasa cercana al 21% que el país había registrado previamente.

El DANE informó que la formación bruta de capital creció 2,1% durante el cuarto trimestre de 2025, mientras las importaciones aumentaron 8,4%. El problema no es solamente cuánto consume Colombia, sino cuánto de ese crecimiento se convierte realmente en nuevas fábricas, tecnología, maquinaria, vivienda e infraestructura productiva.

El Banco Mundial también señala que la inversión privada continúa enfrentando obstáculos derivados de las altas tasas de interés, la necesidad de ajuste fiscal y la incertidumbre global. Al mismo tiempo, identifica como prioridades mejorar la infraestructura y la prestación de servicios, simplificar el sistema tributario, hacer más eficiente el gasto público y construir un ambiente más abierto para los negocios.

Aquí aparece una realidad que con frecuencia evitamos discutir: un país no se desarrolla repartiendo únicamente lo que ya produce; se desarrolla ampliando su capacidad de producir.

La política social es indispensable, pero necesita una economía que la financie. Los derechos requieren instituciones, recursos, empresas, trabajadores formales e impuestos. Sin crecimiento, cada nueva obligación del Estado termina compitiendo con la salud, la educación, la seguridad o la infraestructura por una misma bolsa limitada.

La estabilidad también importa

Colombia tampoco puede buscar mayor crecimiento sacrificando la estabilidad macroeconómica.

El Banco de la República reportó que la inflación anual llegó al 5,6% durante el primer trimestre de 2026, alejándose de la meta del 3%. La autoridad monetaria también ha advertido que el gasto agregado permanece por encima de niveles sostenibles, impulsado por un consumo fuerte y una política fiscal expansiva.

Esto significa que el país necesita crecer más, pero también crecer mejor.

No se trata de estimular artificialmente la economía aumentando indefinidamente el gasto público. Se trata de elevar su capacidad productiva: producir más energía, mover mercancías a menor costo, conectar territorios, formalizar empresas, mejorar la calidad educativa, adoptar tecnología y facilitar que las compañías puedan invertir y expandirse.

La inflación, la incertidumbre regulatoria, los cambios permanentes en las reglas y el deterioro fiscal terminan encareciendo el crédito y aplazando decisiones empresariales. Sin estabilidad, el crecimiento del 6 % puede convertirse en una expansión pasajera. Sin productividad, puede terminar presionando precios e importaciones en lugar de generar riqueza duradera.

El reto de 2030

El debate económico de los próximos cuatro años no debería limitarse a decidir quién recibe una mayor porción del presupuesto. El verdadero desafío consiste en preguntarnos cómo podemos hacer que la economía colombiana sea considerablemente más grande en 2030.

Para lograrlo, el país necesita recuperar la inversión privada, garantizar seguridad jurídica, acelerar los proyectos de infraestructura, fortalecer las alianzas público-privadas, mejorar la educación y conectar a las regiones con los mercados nacionales e internacionales.

También debe enfrentar uno de sus problemas estructurales: la informalidad. La OCDE ha señalado que más de la mitad de la población colombiana vive en hogares que dependen exclusivamente del empleo informal. Las empresas informales suelen tener menor acceso al crédito, la formación y la tecnología, lo que limita su productividad y su capacidad para crecer.

No habrá una economía desarrollada mientras millones de personas trabajen por fuera de los sistemas de protección social, miles de negocios permanezcan atrapados en la subsistencia y buena parte del territorio continúe desconectada de las oportunidades económicas.

La OCDE resume buena parte del camino: reducir la informalidad, cerrar las brechas de género, elevar la calidad de la educación, invertir en adaptación climática y establecer marcos regulatorios estables. Todas estas medidas tienen un elemento común: aumentan la productividad y permiten que la economía crezca sin producir desequilibrios permanentes.

Una conversación que también deben liderar los empresarios

El crecimiento económico no es responsabilidad exclusiva del Gobierno.

Los empresarios debemos preguntarnos cuánto estamos invirtiendo, qué tan productivas son nuestras organizaciones, qué tecnologías estamos adoptando, qué nuevos mercados estamos buscando y cuánto valor estamos creando por cada persona que trabaja con nosotros.

También debemos exigir políticas públicas serias. No privilegios ni protecciones artificiales, sino reglas previsibles, infraestructura funcional, educación pertinente, competencia, seguridad y un sistema tributario que premie la inversión y la formalización.

Colombia tiene empresas extraordinarias, talento, recursos naturales, ubicación geográfica y acceso a mercados internacionales. Lo que no puede seguir teniendo es una ambición económica limitada.

Crecer al 2% no puede convertirse en nuestra nueva normalidad.

De aquí a 2030, el país debe recuperar la capacidad de imaginar un crecimiento del 6% o 7%, acompañado de estabilidad macroeconómica, inversión productiva y mejores instituciones. Tal vez no alcancemos esa cifra todos los años, pero debemos orientar las decisiones públicas y privadas hacia ese nivel de ambición.

Porque una economía que crece lentamente puede administrar sus carencias. Una economía que crece con productividad, inversión y visión de largo plazo puede comenzar a superarlas.

Y Colombia ya ha pasado demasiado tiempo administrando las mismas brechas.