Carta al CEO

El mundo habló. Colombia, ¿está escuchando?

olombia necesita decidir si quiere ser un país donde emprender es una excepción heroica, o donde es la norma.
Lunes, Marzo 16, 2026

En una misma semana, tres voces desde tres escenarios distintos dijeron lo mismo con palabras distintas: sin libertad económica, no hay desarrollo posible. Uno lo dijo en Nueva York ante Wall Street. Otro lo gritó en Madrid ante miles. El tercero lo planteó como tesis urgente en Bogotá, ante los empresarios de su propio país. El mensaje llegó. La pregunta es qué hacemos con él.

Hagamos el ejercicio. La semana del 9 al 14 de marzo de 2026 quedará registrada como uno de esos momentos en los que el zeitgeist global se manifiesta con una claridad inhabitual. Javier Milei inauguró la Argentina Week en Nueva York —ante Jamie Dimon y los CEO del NYSE, Dow y Uber— con un mensaje que los mercados entendieron perfectamente: el sector privado no es un actor secundario del desarrollo, es el protagonista. Dos días después, ese mismo Milei cerró el Madrid Economic Forum con un discurso titulado "La moral como política de Estado", donde defendió sin eufemismos que el capitalismo no es solo más eficiente que el socialismo: es más justo. Y en medio de esa gira continental, el 12 de marzo, David Vélez recibió en el Club El Nogal el premio al Empresario del Año de La República, y planteó ante los líderes empresariales colombianos una tesis que pocos se atrevieron a formular con esa contundencia en mucho tiempo.

"Colombia necesita apostar decididamente en el sector privado como el principal motor de su economía y como la herramienta más eficaz para resolver sus grandes problemas estructurales."
 — David Vélez, Empresario del Año 2025, La República

No fue retórica de gala. Fue un diagnóstico. Y un reproche velado a un entorno que durante años ha tratado al empresario como sospechoso, al capital privado como amenaza y a la regulación como virtud en sí misma. Vélez lo dijo con elegancia antioqueña, pero lo dijo: las fallas que atribuimos al libre mercado son casi siempre fallas de un mercado que no es lo suficientemente libre.

El potencial que nadie quiere liberar

La tesis de Vélez no es nueva en la teoría económica. Lo que sí es nuevo —y significativo— es que la pronuncie quien la pronuncia, en el escenario donde la pronuncia. Nubank no es una abstracción académica. Es la prueba empírica más contundente que ha producido América Latina en décadas sobre lo que ocurre cuando un emprendedor encuentra un mercado distorsionado por la concentración, decide competir y el Estado le permite hacerlo. El resultado: 131 millones de clientes, una reducción de casi 3 puntos porcentuales en tasas de interés en Brasil según el FMI, y la participación de los cinco bancos más grandes cayendo del 81% al 71% de los activos del sistema. No lo hizo un decreto. Lo hizo la competencia.

Cuando Vélez dice que ve a Colombia como un país con "un potencial extraordinario que está esperando ser liberado", no está leyendo un discurso de campaña. Está describiendo la misma fricción que él encontró en Brasil en 2013: un sistema bancario hiperconcentrado, tasas entre las más altas del mundo, millones de personas excluidas del sistema financiero. Y está señalando que esa fricción —en Colombia— sigue ahí. Con matices, con avances parciales, pero sigue ahí.

"El verdadero poder transformador no está en una empresa o en un empresario. Está en un ecosistema. Está en millones de colombianos que entienden que pueden ser protagonistas de su propia historia económica."
 — David Vélez

El mismo debate, en dos idiomas

A miles de kilómetros, Milei protagonizaba la versión más ruidosa del mismo argumento. En Nueva York, ante los banqueros más influyentes de Wall Street, presentó los resultados de su gestión con la lógica de quien sabe que los mercados no escuchan discursos: escuchan números. Reducción del déficit fiscal, desaceleración inflacionaria, desregulación masiva. La presidenta del NYSE, Lynn Martin, fue directa: Milei fue "increíblemente sabio" al identificar a Estados Unidos como aliado estratégico. No lo dijo por cortesía diplomática. Lo dijo porque la señal que envió Argentina —de que las reglas del juego cambiaron— es exactamente lo que los inversores institucionales necesitan escuchar antes de mover capital.

En Madrid, el tono fue diferente pero el fondo, idéntico. Su conferencia —"La moral como política de Estado"— fue, en esencia, un argumento filosófico a favor de la misma tesis que Vélez planteó en Bogotá con el lenguaje del emprendedor: que el capitalismo no necesita disculparse. Que la creación de riqueza es un acto moral. Que la regulación excesiva no protege al ciudadano: lo empobrece. Que las restricciones que se venden como escudos son, con frecuencia, los barrotes de una jaula.

Dos estilos radicalmente distintos. El mismo diagnóstico de fondo.

Colombia no puede escuchar a medias

Aquí es donde el editorial se vuelve incómodo. Porque Colombia tiene la costumbre de aplaudir estos mensajes en los auditorios —y luego salir a un entorno donde el costo de crear empresa formal sigue siendo prohibitivo, donde el talento emprendedor enfrenta regulaciones que parecen diseñadas para desanimarlo, y donde el debate político tiende a tratar cualquier conversación sobre competencia y mercado como un ataque a los más vulnerables.

No lo es. Es exactamente lo contrario. La historia de Nubank en Brasil es la historia de cómo la competencia en el sistema financiero benefició primero y con mayor intensidad a quienes estaban excluidos de él. Los 32 millones de personas que entraron al sistema financiero por primera vez a través de Nubank no son una estadística corporativa: son la demostración más poderosa de que la inclusión real no llega por decreto, llega por competencia.

Vélez lo dijo en términos que no dejan espacio para la ambigüedad: en América Latina discutimos con obsesión cómo repartir la riqueza, pero ignoramos la discusión verdaderamente trascendental: cómo se crea. Y mientras ignoramos esa conversación, el potencial que él ve en Colombia —real, enorme, documentado— sigue esperando.

Desde esta revista llevamos años cubriendo a los líderes que construyen empresa en condiciones difíciles. Pero cubrir no es suficiente. Lo que ocurrió esta semana —tres voces, tres escenarios, un solo argumento— nos obliga a ser más directos: Colombia necesita decidir si quiere ser un país donde emprender es una excepción heroica, o donde es la norma. Esa decisión no la toman los presidentes. La toman los empresarios que exigen el entorno que merecen, los gremios que dejan de pedir protección y empiezan a exigir competencia, y los ciudadanos que entienden que la riqueza que no se crea no se puede repartir.