Ahorrar menos, también es culpa del banco

Si ahorrar te cuesta más que dejar de gastar, no es falta de disciplina: es un problema de diseño.

Santiago Contreras

Gerente de Banca & Seguros en SONDA Colombia

El comportamiento de ahorro en Colombia cambió cuando desaparecieron incentivos como las cuentas AFC (Ahorro para el Fomento a la Construcción). Antes se ahorraba por beneficio tributario; hoy, el cliente debe hacerlo por convicción. Y ahí aparece el problema: el cerebro compite entre el “me lo merezco hoy” y el “me conviene mañana”. En una realidad en la cual estamos saturados de suscripciones, consumo digital y presión social por estatus de redes sociales, el ahorro pierde terreno.

Por eso, el reto ya no es ofrecer productos de ahorro, sino rediseñar la experiencia emocional de ahorrar.

Los productos simples no son sólo digitales. Sí, reducen la fricción operativa -apertura en app, sin papeles-, pero lo realmente poderoso es reducir la fricción y el dolor mental. Nombrar un bolsillo de ahorro como ‘casa’ o ‘viaje’ y visualizar el progreso en una barra de 0% a 100% convierte el ahorro en algo tangible. Mejor aún: diseñar un ahorro con motivación social como un grupo de amigos viendo quién aporta para un viaje aun cuando cada cuenta es individual, la presión deja de ser interna y pasa a ser colectiva, el incentivo es mayor a ahorrar.

La simplicidad ya está siendo impulsada por un cambio estructural: la digitalización del dinero. Sistemas como Bre-B permiten automatizar decisiones que convierten gasto en ahorro. Redondear una compra y enviar el excedente a ahorro, ejecutar débitos automáticos aliados con el ingreso diario y no con la fecha, o capturar ingresos variables en tiempo real según el tamaño del ingreso. Sin dinero digital, lo automático y más cercano era el colchón. Con dinero digital, el ahorro se integra al día a día sin esfuerzo.

Un producto de ahorro realmente útil tiene tres cosas: visibilidad del crecimiento con objetivos cumplidos tipo juego de niños, automatización de tareas dolorosas como el débito con mínima intervención del usuario, y la adaptación a la historia del cliente para abordar las emisiones que mejoran la tasa de ahorro. El cliente no debería decidir ahorrar cada mes; el sistema debería hacerlo por él, en el momento correcto, con el incentivo emocional alineado.

Esto explica por qué los productos simples fidelizan más. Reducen la culpa de no gastar y aumentan la satisfacción de avanzar. Funcionan como un coach silencioso: no juzgan, pero diseñan el entorno para que el cliente gane. Y cuando los resultados aparecen (más dinero acumulado y metas cumplidas) la conexión emocional con la entidad y sobre todo con la marca, se vuelve profunda.

El desafío para las entidades es claro: dejar de pensar en productos y empezar a pensar en comportamientos. No basta con habilitar cuentas de ahorro. Hay que intervenir en momentos cotidianos como compras, ingresos, interacciones sociales, y convertirlos en oportunidades automáticas de ahorro.

El reto ya no es tecnológico, es de integración. Se trata de conectar datos hoy dispersos -core, CRM, canales y transacciones- para entender a cada cliente. Solo así la analítica y la inteligencia artificial pueden anticipar y ejecutar acciones en tiempo real, convirtiendo cada interacción en una oportunidad de ahorro. Porque el diferencial ya no está en ofrecer productos, sino en lograr que el ahorro deje de ser una decisión y se vuelva un resultado.

El futuro del ahorro no depende de que el cliente quiera ahorrar. Depende de que la tecnología haga que ahorrar sea inevitable.