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Emprendimiento en Colombia crece, pero las mujeres siguen cargando la mayor brecha

En Colombia, los micronegocios sostienen millones de empleos, pero las brechas de ingreso, cuidado y crédito frenan sobre todo a las mujeres.
Sábado, Abril 18, 2026

El emprendimiento sigue siendo una de las bases más amplias de la economía colombiana, pero también uno de sus espacios más desiguales. Las mipymes representan el 98% de las unidades productivas del país y generan cerca del 80% del empleo, mientras que los micronegocios suman cerca de 2,5 millones en las principales ciudades y generan más de 3,1 millones de puestos de trabajo. Sin embargo, esa capacidad de sostener hogares y empleo convive con barreras estructurales que frenan especialmente a las mujeres.

El contraste es claro: Colombia aparece como uno de los mercados más dinámicos de la región en materia de emprendimiento, pero buena parte de ese tejido empresarial opera con limitaciones de ingreso, tiempo, acceso a financiamiento y baja protección social. El crecimiento existe, pero no está ocurriendo en condiciones iguales para todos.

La brecha económica sigue siendo visible

Uno de los datos más contundentes del documento está en los ingresos. Mientras los hombres reportan ventas mensuales promedio superiores a $3,3 millones, las mujeres alcanzan poco más de $2 millones, una diferencia cercana al 40%. A eso se suma que una proporción mayor de mujeres emprende por necesidad y para complementar ingresos del hogar, lo que revela un punto de partida más precario.

La desigualdad no se explica solo por tamaño de negocio o sector. También responde a condiciones estructurales que restringen el crecimiento de las emprendedoras y reducen su capacidad para dedicar tiempo al negocio, innovar o abrir nuevos mercados.

Johana Urrutia, directora de Programas de la Fundación WWB Colombia, lo resume con una advertencia de política pública: “Cerrar estas brechas requiere avanzar en políticas públicas que promuevan la equidad de género y tengan en cuenta los sistemas de cuidado”. Y añade un segundo frente igual de importante: “Además, que fortalezcan las capacidades empresariales y personales de las emprendedoras”.

El tiempo también es una barrera productiva

En el caso de las mujeres emprendedoras, la limitación no pasa solo por el dinero. El 97,3% de las microempresarias realiza trabajo de cuidado no remunerado y dedica en promedio cinco horas más al día a estas tareas que los hombres. Ese dato tiene una consecuencia directa sobre la productividad: menos tiempo para gestionar, vender, aprender o crecer.

La carga de cuidado termina funcionando como una barrera económica silenciosa. No aparece siempre en los balances del negocio, pero sí en su capacidad real de expansión. Por eso, el documento insiste en que el emprendimiento femenino no puede analizarse solo desde la lógica de mercado, sino también desde la organización del tiempo y la distribución del trabajo doméstico.

Formalización y protección social, otra deuda pendiente

La fragilidad también se expresa en la baja cobertura de seguridad social. Solo el 8,8% de los micronegocios liderados por mujeres cotiza a salud o pensión, frente al 12,6% en el caso de los hombres. Esa diferencia muestra que una gran parte del emprendimiento femenino sigue operando sin redes de protección suficientes y con mayor vulnerabilidad frente a choques económicos o personales.

Urrutia añade que a este panorama se suman otras barreras persistentes: la dificultad para acceder a crédito formal y la baja inclusión financiera, factores que limitan la sostenibilidad del negocio y su capacidad de inversión.

La brecha se vuelve más dura en la ruralidad

El documento también advierte que estas diferencias no se distribuyen igual en todo el territorio. En las zonas rurales, las mujeres enfrentan más restricciones para acceder a crédito, menor conectividad, menos redes de apoyo y mayores cargas de cuidado, lo que profundiza la dificultad para consolidar sus emprendimientos.

Eso significa que el debate sobre emprendimiento en Colombia no puede limitarse a celebrar el número de negocios creados. También exige mirar qué tan sostenibles son, en qué condiciones operan y quiénes cargan con los mayores costos para mantenerlos vivos.

Las emprendedoras describen barreras concretas, no abstractas

Las cifras encuentran respaldo en testimonios que aterrizan el problema. María del Carmen Ararat describe el desgaste que generan los trámites y el acceso a recursos: “Hay muchas trabas… y entonces los pequeños empresarios tiramos la toalla y decimos que es mejor no montar empresa”.

Nataly Ibargüen pone el foco en la tensión entre negocio y vida personal: “El mayor desafío ha sido lograr el equilibrio entre la familia y emprender. Poder alcanzar ese punto en el que el negocio también genere una remuneración digna”.

Y Derly Viera resume otra dificultad central para miles de micronegocios: “¿Cómo le digo yo a las personas que existo y que tengo un producto que necesitan?”. La frase expone una limitación frecuente: no basta con emprender; también hay que lograr visibilidad, mercado y acceso a clientes.

El reto no es que haya más emprendimientos, sino mejores condiciones para sostenerlos

El panorama deja una conclusión clara. Colombia sí está emprendiendo, pero no necesariamente está creando las condiciones para que esos negocios sean sostenibles, formales y escalables. El número de micronegocios muestra vitalidad económica, pero también refleja una economía que sigue descansando sobre unidades productivas frágiles y desiguales.

El desafío para el país no es solo seguir promoviendo el emprendimiento como discurso de movilidad económica. El reto real está en cerrar brechas de cuidado, financiamiento, formalización y acceso a mercado para que emprender no siga siendo, en demasiados casos, una salida de supervivencia más que una vía real de crecimiento.