Carta al CEO
Colombia necesita dar un salto en educación, no otro pequeño paso
El Salvador acaba de mostrar que es posible mover la aguja de la educación cuando una reforma llega realmente al salón de clase. Para Colombia, la pregunta no debería ser cuánto más podemos invertir, sino qué debemos hacer diferente.
Lunes, Septiembre 7, 2026
Hay noticias que parecen pertenecer exclusivamente a la sección de educación, pero que deberían estar en la agenda de cualquier CEO.
Esta semana una de ellas llegó desde El Salvador.
Una evaluación de PISA for Schools realizada en 171 colegios públicos y con 1.198 estudiantes voluntarios, que participan en el proyecto de modernización educativa del país, arrojó un resultado que llamó la atención: los estudiantes evaluados obtuvieron desempeños en lectura, matemáticas y ciencias superiores al promedio nacional salvadoreño y comparables con los promedios obtenidos por estudiantes de Alemania y Suecia en PISA 2022.
Hay que hacer una precisión importante: no estamos hablando todavía del resultado de todo el sistema educativo salvadoreño. Se trata de escuelas participantes de un programa piloto y, por lo tanto, sería equivocado extrapolar sus resultados a todo el país.
Pero justamente ahí está lo interesante.
Porque demuestra que sí es posible producir cambios importantes en aprendizaje cuando las políticas educativas dejan de vivir únicamente en documentos y comienzan a transformar lo que sucede dentro del salón de clase.
Y esa debería ser una conversación urgente en Colombia.
Lo interesante no es solamente la tecnología
Sería sencillo concluir que la explicación está en la inteligencia artificial.
El programa salvadoreño incorpora tecnología, herramientas digitales e IA en el proceso educativo. Pero reducir el resultado a eso sería perder buena parte de la historia.
La estrategia incluye pedagogía estructurada, materiales para los estudiantes, acompañamiento permanente a profesores y rectores, evaluación continua del aprendizaje y tecnología integrada al proceso pedagógico. El Banco Mundial aprobó además en marzo un programa de US$501 millones, que se desarrollará entre 2026 y 2031, precisamente para acelerar el aprendizaje y extender este modelo.
La tecnología aparece como un habilitador. No como el sustituto del profesor.
Es una diferencia enorme.
De hecho, otras experiencias del Banco Mundial con inteligencia artificial aplicada a educación en América Latina han llegado a una conclusión similar: entregar tecnología por sí sola rara vez transforma el aprendizaje. Los resultados aparecen cuando se combina con formación docente, diseño pedagógico, acompañamiento y seguimiento permanente.
Ese probablemente sea el aprendizaje más importante para Colombia.
Colombia lleva demasiado tiempo avanzando lentamente
Nuestro problema educativo no comenzó ayer.
En PISA 2022, Colombia obtuvo 383 puntos en matemáticas, 409 en lectura y 411 en ciencias. Los promedios de los países de la OCDE fueron 472, 476 y 485, respectivamente.
Pero quizá existe un dato todavía más preocupante.
Solo 29% de los estudiantes colombianos alcanzó al menos el nivel básico de competencia en matemáticas. En lectura y ciencias lo consiguió aproximadamente el 49%.
Dicho de otra manera: siete de cada diez jóvenes evaluados no alcanzaron el nivel básico esperado en matemáticas.
Y el problema no es únicamente el último resultado.
La propia OCDE señala que el desempeño colombiano ha permanecido relativamente estable durante años. Entre PISA 2018 y 2022 incluso hubo retrocesos de 8 puntos en matemáticas, 4 en lectura y 2 en ciencias, aproximadamente.
Hemos avanzado en cobertura, infraestructura, acceso y permanencia.
Pero Colombia necesita ahora dar un salto de calidad.
Más horas no necesariamente significan más aprendizaje
Hay otro dato que debería hacernos pensar.
Los estudiantes colombianos reciben alrededor de 1.000 horas obligatorias de instrucción al año en primaria y 1.200 en secundaria básica. El promedio de la OCDE es de 804 y 909 horas, respectivamente.
Tenemos más horas de clase y, sin embargo, resultados significativamente inferiores.
Eso demuestra algo que en el mundo empresarial conocemos muy bien:
más recursos, más tiempo o más procesos no garantizan mejores resultados si el modelo no funciona.
La productividad también existe en educación.
La pregunta no debería ser solamente cuántas horas pasa un estudiante dentro de un colegio, cuántos computadores entregamos o cuánto crece el presupuesto.
La pregunta fundamental debería ser:
¿cuánto está aprendiendo?
Y si no está aprendiendo, ¿qué estamos cambiando para corregirlo?
Lo verdaderamente importante
El debate educativo colombiano suele convertirse rápidamente en una discusión ideológica, presupuestal o política.
Tal vez necesitamos volverla mucho más pragmática.
Definir qué debe saber un niño en cada etapa.
Medirlo.
Detectar temprano cuándo no está aprendiendo.
Darles herramientas a profesores y rectores para intervenir.
Utilizar datos para tomar decisiones.
Incorporar tecnología e inteligencia artificial donde realmente mejoren el aprendizaje.
Y evaluar qué funciona para escalarlo y qué no funciona para corregirlo.
Eso parece elemental.
Pero ejecutar consistentemente esas decisiones durante diez o quince años probablemente sea una de las tareas más difíciles que puede asumir un país.
Educación también es competitividad
Para quienes dirigimos empresas, este debate tampoco puede ser ajeno.
Cuando hablamos de productividad, crecimiento económico, innovación, inteligencia artificial, nearshoring o atracción de inversión, existe una infraestructura que precede a todas las demás:
el capital humano.
Una economía no puede aspirar a competir en industrias cada vez más sofisticadas mientras una proporción enorme de sus jóvenes tiene dificultades para interpretar un texto, resolver un problema matemático o utilizar conocimiento científico para enfrentarse a una situación nueva.
Las brechas educativas de hoy terminan convertidas mañana en brechas de productividad, salarios, innovación y competitividad.
Por eso mejorar la educación no debería ser únicamente una prioridad del Ministerio de Educación.
Debería ser una política económica de Estado.
La cifra de la semana
29%
Es el porcentaje de estudiantes colombianos de 15 años que alcanzó al menos el nivel básico de competencia matemática en PISA 2022.
El promedio de la OCDE fue 69%.
No es simplemente una diferencia en una prueba.
Es una señal sobre la capacidad que tendrá nuestra próxima generación para competir en una economía donde analizar información, resolver problemas, aprender permanentemente y trabajar con tecnología será cada vez más importante.
Y hay una coincidencia interesante.
Mañana, 8 de septiembre, la OCDE publicará los resultados de PISA 2025, una nueva fotografía de más de 90 sistemas educativos, esta vez con ciencias como área principal y con evaluación de resolución de problemas mediante herramientas computacionales.
Veremos dónde quedó Colombia.
Pero independientemente del puesto que ocupemos mañana, la discusión de fondo debería empezar hoy:
Colombia no necesita mejorar unos cuantos puntos. Necesita decidir que la calidad de su educación será uno de sus grandes proyectos nacionales.
Porque un país puede construir carreteras, aeropuertos, redes 5G y centros de datos.
Pero la infraestructura que realmente determinará dónde estaremos dentro de veinte años sigue estando sentada hoy en un salón de clase.